Publicamos un
artículo hecho por la periodista Eliane Tavares sobre un escenario
futuro y previsible para los indios que habitan el Río Xingu, a partir de la
'avalancha destructora' llamada Belo Monte. En este texto, ella va de los datos
a los hechos e, inevitablemente, a las preguntas sin respuesta.
El GRITO DE LOS
MUNDURUKU
El grito de los Munduruku ya se perdió en la selva y el
monstruo de Belo Monte sigue arrasando la floresta y los ríos. Después de la ocupación del
cantero de obras de la hidroelectrica de Belo Monte por indígenas de ocho
etnias - con mayoría Munduruku - y demonstraciones de solidaridad de los trabajadores que están allá para
la construcción, los trabajos avanzan.
La Justicia (?) calla los indígenas y rasga la
Constitución que garantiza en el artículo 231, parágrafo tercero: "El
aprovechamiento de los recursos hídricos, incluidos los potenciales
energéticos, la investigación y la extracción de las riquezas minerales en
tierras indígenas solo pueden realizarse con autorización del Congreso
Nacional, oídas las comunidades afectadas, y asegurándoles la participación en
los resultados de la extracción, en forma de ley".
Y es eso lo que ellos exigen. El sagrado derecho de ser
oídos y atendidos en sus reivindicaciones.
No hubo Consulta Previa para la obra que ya está
afectando la vida de miles de personas, indígenas y ribereños, iniciada en
julio de 2011 y que mudará radicalmente el curso del río Xíngu, un río que es
la vida para miles de familias que viven próximo a sus márgenes.
Desde el inicio de las obras, se ha dado el irrespeto y
la violencia contra los indígenas y contra cualquier otro que se atreva a
apoyar presencialmente la lucha de las comunidades.
Todo esto está tan dominado por los intereses de las
empresas que en esa última ocupación quien pidió el desalojo de los indígenas
fue la delegada jefe de la Policía Federal en Altamira, que es esposa del
abogado de la empresa Norte Energía, que está al frente de la obra.
El propio Ministerio Público denunció el conflicto de
intereses, mas no tuvo efecto. Los indígenas tuvieron que salir. No es la
primera vez que ellos ocupan canteros y hacen protestas directamente
contra el gobierno federal, que es quien está incumpliendo la
Constitución.
Los Mundurukus también
enfrentan la minería ilegal en sus tierras en Pará y contra eso también se
tienen por insurgentes, con igual silencio por parte de los medios de
comunicación y del gobierno.
Con relación a las empresas que están realizando la
obra, la Justicia no actúa con la misma ligereza y rigor. Los contratos no son
cumplidos, los acuerdos referentes a medidas socio-ambientales tampoco, y todo
sigue sin mayores percances.
Se aplica una multa y "la nave
va". Estimada en R$ 16 millones al inicio de los trabajos, el valor final de
destrucción ahora está en R$ 30 millones, y continuará subiendo conforme a los
intereses de los prestamistas y relacionistas.
Grande parte de ese valor es dinero
público repasado a través del BNDES (Banco estatal). O sea, sigue el mismo
cuento de siempre. El dinero público financia el riesgo de los empresarios privados. Pero después, cuando viene
el lucro, quien gana no es el pueblo
brasilero.
Obras como Belo Monte, de estructura
gigantesca, que prometen generar luz para todo el país, lo que generan en
verdad es dinero para la bolsa de muy pocos. Se estima que de los 11
megawatts prometidos para esa central, apenas cuatro mil serán producidos.
Las promesas se pierden, mas las obras siguen a todo
vapor, así como el desprecio de toda la lucha de las comunidades,
principalmente la de los indígenas. Los impactos ambientales que esa y otras
centrales programadas para la región amazónica van a causar tal vez solo
aparezcan con más fuerza en los próximos años.
Ciertamente sobrará llanto, crujir de dientes,
principalmente para los empobrecidos, aquellos que viven en áreas de riesgo y
que acabarán sufriendo con más fuerza las consecuencias climáticas
que no se advierten solo en la región de las centrales, más si en
todo el país. Solo la central de Belo Monte colocará en la selva
dos millones cuatrocientos mil metros de concreto.
Al respecto, la Justicia aplica el rigor de la ley
a los que luchan, el gobierno se hace “el de la vista gorda” embriagado con la
ilusión del "crecimiento", las empresas se deleitan, el cemento cubre
las selvas, los ríos cambian sus cursos, el sistema bio/eco/lógico se
desestabiliza.
Los que luchan y advierten saben que son como
"aradores de la desgracia", al gritar en la montaña sobre los males
que vienen. Y vienen. Como esos no tienen poder, resta la resistencia. Es
cierto que será inútil decir: "avisamos".
El mal estará hecho. Mas, la historia por lo menos habrá
registrado que en cuanto la clase dominante se saciaba con los beneficios
del dinero público, secuestrando al estado para su placer, había algunos que
luchaban.
Del fondo de la selva, de las riberas del río, asoman las
voces. Por lo menos ellas no dejan las consciencias dormir en paz. ¿Habrá aun, tiempo de parar Belo Monte?
Elaine Tavares é jornalista; o texto foi publicado no Brasil de Fato e extraído da Agência Contilnet de Notícias
